Genialidad que no (me) convence

       ‘EL RÉGIMEN DEL PIENSO’

  • Compañía: La Zaranda
  • Dirección: Paco de la Zaranda
  • Actores: Javier Semprún, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Luis Enrique Bustos
  • Lugar: Teatro Circo Murcia
  • Fecha: Sábado 29 de marzo
Los actores de La Zaranda, durante la representación en el TCM

Los actores de La Zaranda, durante la representación en el TCM

El sábado fue ‘mi primera vez’ con La Zaranda. Y desde entonces llevo rumiando, pensando y repensando cómo digo yo, crítica principiante, que la última obra de esta compañía de culto, maestros del teatro independiente, mordaz y crítico y, para más inri, Premio Nacional de Teatro, no me gustó. ¡Ay! ¡Ya está dicho! Y ahora, una vez confesado el ‘pecado’, procedamos a la autopsia…

Llevan 35 años sobre los escenarios, buscando “la verdad que adormece en el corazón de los hombres” y no un fin comercial. Fieles a sus principios, a una estética inimitable y a una crítica que se agradece. En ‘El régimen del pienso’, la compañía andaluza juegan con el paralelismo entre una imparable epidemia porcina y un sistema burocratizado hasta el límite y despiadado en el que los trabajadores son fichas que se mueven e intercambian sin más.

El punto de partida es por tanto prometedor y, aquí sí, la estética tan impactante como eficaz. Con cinco estanterías metálicas, otros tantos flexos y cables colgando crean y recrean atmósferas que emboban. Y un simple cambio de piezas –casi siempre a ritmo procesional o de charanga– nos llevan de las pocilgas a un laberinto de oficinas, a un hospital o a una sala de necropsia. Esa plasticidad llega también a los propios personajes, en especial al conmovedor y esperpéntico Javier Semprún, pero –¡ay!– eso no basta.

Como tampoco basta un texto, firmado por Eusebio Calonge, en el que se dicen verdades que incomodan. “Si falta pienso, se matan entre ellos, y si sobra, se matan ellos mismos”. Hablan de los animales, de cerdos cuya “única esperanza es llegar sanos al matadero”, víctimas de una epidemia “que sólo se erradicará cuando las pocilgas estén vacías”. ¿O no? Hay frases que se repiten casi como un mantra, un ritual en el que tratan de atrapar al público, y escenas geniales como el rebelde que sigue respirando por su cuenta aunque ya lo han desenchufado. Pero el texto es eso, momentos, situaciones, y yo quiero una historia. Que me cuenten una historia como quieran, hablando, bailando, con canciones, títeres, en verso o solo con gestos. Pero que me la cuenten.

No está uno deseando que acabe la representación, pero tampoco fluye. Avanza la cosa –cuando lo hace– un poco a trompicones y no encajan ni se entienden momentos como la obra de teatro que hacen los propios empleados si no es para reírse en cierto modo de ellos mismos. Cosa loable, sí. Pero no. A pesar de los destellos de genialidad, de una crítica acertada, del necesario riesgo, si me falta la historia me falta todo. Bueno, me falta lo principal, porque no me emociona más que en momentos puntuales, no me atrapa, no me seduce, no me olvido de dónde estoy, no me dejo llevar… Y eso es lo que, al menos yo, anhelo cuando me siento en una butaca. A ver si la próxima…

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